Editorial.- ¿Hasta cuándo?
Para cualquiera de mis estimados 9 lectores que tenga un vehículo automotor, el pago de la cuenta por la carga de combustible se ha vuelto un termómetro para medir el impacto que ocasiona que un país petrolero como el nuestro tenga que importar, por ejemplo, más de 4 de cada 10 litros de gasolina que se carga en el tanque de su unidad. Algunos han pensado que cuando el precio del petróleo a nivel internacional se incrementa, como es el caso actualmente debido a la crisis política en oriente medio, el gobierno mexicano recibe mayores ingresos por el petróleo que exporta y no se explican por qué el precio de los combustibles no disminuye. Esta lógica sería razonable si no tuviéramos que vender un petróleo barato al exterior para que sea refinado en el extranjero y tengamos que comprar productos refinados caros de regreso para cubrir la demanda interna, pues no se toma en cuenta que el incremento en los precios del crudo a nivel internacional también repercuten en los costos de su procesamiento en todo el mundo. Tenemos que reconocer que México es deficitario en producción y refinación de petróleo y que esta inercia, que ya es histórica, amenaza con poner en serios problemas a las generaciones futuras y a los gobiernos que vengan, sean el partido que sea. Lo que los senadores del PAN estamos planteando formalmente ya, es que las refinerías se construyan en México, que la inversión se quede en México, que los empleos que genera su construcción y operación sean para los mexicanos y si el gobierno no tiene recursos para construirlas, como es el caso, que las construyan y las operen los particulares bajo el esquema de maquila. Que las gasolinas no tengan que importarse y que podamos estabilizar los costos de los combustibles que mueven al país. ¿No es acaso esto de elemental sentido común? Es que algunos políticos es lo que menos tienen.
Sin el ánimo de ser catastrofistas, ni aumentar el número de preocupaciones a las ya existentes, la industria Petrolera Nacional enfrenta hoy una situación crítica que amenaza su viabilidad y su capacidad de hacer frente a los compromisos con la sociedad y la economía mexicana. La situación es de tal gravedad que pone en riesgo las metas de crecimiento económico nacional a mediano y largo plazo, la capacidad del Estado para cumplir con rezagos y demandas sociales, así como la soberanía energética y la seguridad nacional, situación derivada, entre otros, de que la única fuente de recursos para la industria petrolera son fondos públicos y si seguimos considerando que el 40% de los ingresos totales del país están supeditados al petróleo. México es un caso de excepción en que la inversión social y privada no participa directamente.
La situación nacional que prevalece en el sector energético en materia de hidrocarburos es resultado de problemas históricos de rezago tecnológico, baja productividad e insuficiencia de recursos de inversión, que impiden un desarrollo sano y equilibrado del instrumento ejecutor del Estado en el sector de hidrocarburos. Asimismo los modelos de desarrollo y financiamiento usados hasta hoy ya no tienen vigencia; mantenerlos arriesga la competitividad y eficiencia del sector y la industria petrolera, la soberanía nacional y la rectoría del Estado sobre los recursos energéticos.
A pesar de las diferentes opiniones y posturas ideológicas, algunas de ellas francamente obsoletas pero que hacen mucho ruido en las calle, en la actualidad existe consenso mayoritario de que esta situación es insostenible, de continuar se pone en riesgo la rentabilidad del sector y de la industria petrolera y su capacidad de contribución al logro de los objetivos del desarrollo nacional. Sin embargo, a la hora de poner el tema en la mesa del debate nacional en el Congreso de la Unión acerca de las mejores vías para resolver estos problemas, nos topamos con sectores radicales que siguen sosteniendo el arcaico discurso ideológico de que PEMEX es intocable aunque se lo esté llevando patas de cabra y con él a todos los mexicanos de hoy y del mañana, para los detractores de la inversión privada, no importa si los combustibles siguen siendo caros para el bolsillo de los mexicanos mientras a ellos no les impacte electoral o políticamente. Su visión es mezquina, corta y conservadora.
Hoy por hoy la única fuente de recursos para inversión en la industria petrolera es el presupuesto público, lo cual convierte a México en un caso de excepción a nivel mundial, por las limitaciones para que la inversión social y privada se incorpore en algunos de los eslabones de la cadena de valor. Se requieren inversiones sostenidas cercanas a los 26 mil millones de dólares anuales, que no tenemos, durante los próximos 10 años para que la industria petrolera nacional pueda superar las condiciones de rezago en que actualmente se encuentra. Actualmente las necesidades presentes y futuras de la industria petrolera han rebasado las posibilidades de las finanzas públicas, lo cual hace que la industria compita por recursos con otras prioridades y urgencias por la disponibilidad de recursos. En las condiciones actuales, no tomar decisiones congruentes con la realidad, con firmeza y oportunidad puede implicar graves riesgos adicionales para la Nación y para el desarrollo del país. ¿Hasta cuándo?
Editoriales - Editoriales 2011
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Comentarios
¿que implicaría destinar recursos para construir refinerías? ¿cuál sería el tiempo de vida del proyecto? ¿para cuánto tiempo tenemos reservas? ¿es posible que una alternativa sea desarrollar fuentes alternas de energía?.
Las posiciones de sí se debe o no de invertir en las refinerías ya sea por parte del gobierno o de los particulares tienen de fondo posiciones "ideológicas", es decir creencias de que una u otra opción es la mejor. Me parece que si las decisiones se basan en argumentos monetarios, de costo-beneficio social y planteando alternativas claras y concisas los ciudadanos podemos tener una idea más clara y sólida de la opción más adecuada.
Saludos
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